Cuando el césped empieza a verse apagado, con manchas oscuras y una textura que parece húmeda o viscosa, es probable que esté invadido por moho. Este problema, muy común en zonas con clima húmedo, no solo afea el jardín, sino que además impide que el pasto crezca de manera saludable.
La buena noticia es que todavía estás a tiempo de ponerlo en condiciones antes del verano. Marzo es ideal para trabajar la tierra y aplicar técnicas simples que recomiendan los expertos en jardinería, sin necesidad de productos químicos ni herramientas costosas que arruinen tus plantas.
Uno de los errores más comunes es pensar que el moho aparece por descuido superficial, pero en realidad se trata de un problema de fondo: la falta de aireación. Monty Don, jardinero británico y referente en el mundo de la jardinería, recomienda realizar una tarea sencilla pero fundamental: airear el suelo.
Este proceso consiste en hacer perforaciones pequeñas y profundas cada 15 centímetros. Puede hacerse con un aireador mecánico, pero también con herramientas caseras como un tenedor de jardín. Al clavarlo en el suelo y moverlo levemente, se genera una red de pequeños canales que permite que el agua deje de estancarse y el oxígeno circule hacia las raíces. Esto mejora la estructura del suelo y le devuelve la vitalidad al césped.
Este paso, que se puede realizar en pocas horas durante una tarde, es una inversión a largo plazo. No solo previene la aparición del moho, también ayuda a que el pasto crezca con más fuerza y se mantenga firme frente a plagas y enfermedades típicas del verano.
Una vez aireado el césped, llega el momento de nutrirlo. Para eso, no hace falta gastar en fertilizantes comerciales: se puede preparar uno casero, económico y muy eficaz. Solo hay que mezclar tierra vegetal tamizada, arena fina y compost, todo en partes iguales. Esta combinación mejora la textura del suelo, aporta materia orgánica y permite que las raíces absorban mejor los nutrientes.
La aplicación se hace con un rastrillo, que además cumple otra función importante: escarificar. Este proceso remueve las capas de residuos vegetales —como hojas secas, ramas o restos de césped viejo— que impiden que el suelo respire. El rastrillo raspa la superficie y deja al descubierto la tierra fértil, haciendo que el abono penetre con mayor facilidad.
Escarificar también mejora la absorción del agua de riego y de lluvia, reduce la formación de charcos y deja el terreno mucho más limpio y ordenado. Al eliminar lo que el ojo no ve, se fortalece la base del césped y se limita la posibilidad de que el moho vuelva a aparecer.
En los casos donde el moho ya cubre grandes zonas del césped, es recomendable aplicar medidas adicionales. Una opción práctica y casera es el uso de detergente para platos diluido en agua. La fórmula es simple: 60 ml de detergente en 4 litros de agua. Se coloca en un rociador manual y se aplica directamente sobre las zonas afectadas. Tras unos días, el moho comienza a secarse y puede retirarse más fácilmente con el rastrillo.
Otra alternativa eficaz es el sulfato de hierro, un compuesto que actúa rápidamente sobre el moho. Al contacto, lo seca y lo deja de color negro, lo que indica que está listo para ser retirado. Además, aporta hierro al suelo, lo que mejora la coloración del césped y favorece un crecimiento más vigoroso.
Ambos métodos pueden usarse de forma complementaria, según el grado de avance del problema. Lo importante es no dejar que el moho se instale y gane espacio, porque después cuesta más recuperarlo.
El moho no aparece de un día para el otro: es la consecuencia de un suelo que perdió su equilibrio. Por eso, más allá de aplicar soluciones puntuales, es fundamental incorporar ciertos hábitos de mantenimiento para no perder tus plantas.