martes, junio 18, 2024
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Cartas de amor, ¿Son todas ridículas?



¿Alguien escribe cartas de amor hoy en día? Le pregunto a Ada, mi informante número uno sobre lo que hace la Generación Z y me responde que sí, pero que solo se puede ser cursi por mail o en papel, nunca por chat de whatsapp o por redes. El mail, me explica, sí es lo suficientemente vintage y raro para los chicos de veinte como para que bajen las barreras del juicio y se permitan dar rienda suelta a la exageración. Cualquier otro medio por el que se exprese un amor constante más allá de la muerte, se arriesga al ridículo y al ghosteo. Supongo que un ghosteo por mail duele menos porque no te pueden clavar el visto.

Contar una historia de amor es siempre difícil, no debe haber tema más plagado de lugares comunes. Como estoy trabajando en un libro sobre eso, me puse a investigar qué le pasa a la gente hoy con la “comunicación” del amor. Me gustó la respuesta de Ada: en general se piensa que la generación de cristal anda por la vida sin diarios íntimos a los que confiar sus terrores y pasiones y sin correspondencia. Me encanta saber que ni siquiera para ellos el amor resiste la tentación de ser puesto por escrito.

“Todas las cartas de amor son ridículas”, dice un verso de Fernando Pessoa. Basta mirar algunas compilaciones de artistas famosos para darle la razón. Las cartas de Frida Kahlo a Diego Rivera están llenas de metáforas y elogios que a veces resultan intolerables, sobre todo para quienes ya sepultaron al amor romántico patriarcal. Será por eso que mi preferida es la que le escribe a modo de despedida desde el hospital, cuando se va a someter a la operación en la que le amputaron una pierna. “No pretendo causarte lástima, te escribo para decirte que te libero de mí, vamos, te «amputo» de mí, sé feliz y no me busques jamás. No quiero volver a saber de ti ni que tú sepas de mí, si de algo quiero tener el gusto antes de morir es de no volver a ver tu horrible y bastarda cara de malnacido rondar por mi jardín. Es todo, ya puedo ir tranquila a que me mochen en paz. Se despide quien le ama con vehemente locura, su Frida”. Para mí, es un amor muy real el que no necesita adornos para comprenderse en su propia contradicción.

En el otro extremo, hay escritores, como James Joyce, que sorprenden por la vulgaridad para dirigirse a su amada, Nora Barnacle. Todo lo que hicieron la noche anterior en la cama aparece registrado sin metáforas que lo atenúen, seguido de preguntas acerca del desempeño de amantes anteriores, al punto que Joyce escribe: “Dios mío, ¿qué lenguaje es este para dirigirme a mi orgullosa reina de ojos azules? ¿Se negará a contestar mis preguntas brutales e insultantes? Sé que arriesgo mucho al escribirle así pero si me ama entenderá que estoy ciego de deseo y que debe responderme”. Supongo que aunque se hayan compilado como “cartas de amor”, en realidad, estas misivas del escritor irlandés hoy calificarían más bien como “sexting”. Al lado de Joyce, palidecen las 50 sombras de cualquiera.



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